Por Saioa
Martín Úcar.
La
Grand Plage desde el faro de San
Martín
Dios me pille
confesada cuando anuncian maretón en
el parte meteorológico!. En mi casa
comienzan los preparativos de una
salida a la caza de buenas olas. Y
es que vivir con un enamorado del
mar y de la fotografía es lo que
tiene...
Salimos a primera
hora de la mañana, inicialmente sin
rumbo fijo pero con nuestra primera
parada en la playa de Arrigúnaga.
Oteamos el horizonte y comprobamos la
dirección de las olas y del viento que
determinan hacia dónde debemos movernos.
Por algún motivo que no adivino, en la
mayoría de las ocasiones el rumbo queda
fijado por un impulso totalmente
absurdo. !A que nos vamos a Biarritz!. Y
hala, a Biarritz.
La teoría de Rafa
es que las olas que llegan del oeste
rompen sin piedad sobre la costa
francesa ... será, pero en mi opinión,
es que nos gusta tener cualquier
disculpa para visitar Biarritz.
|
|
Nada más bajar
del coche inspiro un buena bocanada
de aire, porque Biarritz huele
distinto, a mar, pero distinto. Y a
la vez me gusta escuchar.
Curiosamente, estando en una de las
estaciones balnearias más
importantes de la fachada atlántica
con todo lo que ello conlleva,
prestar atención a los sonidos es
cuando menos fascinante. Al otro
lado del Bidasoa hay silencio, paz y
sosiego. Los caminantes pasean
despacio y las conversaciones son
privadas y a media voz. Es como si
nadie quisiera alterar el momento de
gloria que por derecho propio tiene
como protagonista indiscutible al
mar, poderoso y sedante a la vez,
que cautiva al ser humano que se
deja encandilar. Y es que Biarritz
posee la virtud de fundir la belleza
de la naturaleza con el paisaje
urbano que mira hacia el océano y
rinde pleitesía a los vientos del
Oeste.
El núcleo primitivo
de Biarritz se encuentra en el pequeño Vieux Port, donde antaño pescaban la
ballena como bien queda reflejado en el
escudo de la villa, y hoy en día amarran
los pequeños barcos de pesca de bajura
que aún quedan, indiferentes al vaivén
de las olas que más que mecerlos los
zarandea.
El viento y las
olas rugen a nuestro alrededor
cuando atravesamos la pasarela que
une la Roca de la Virgen con el
museo marítimo. Es una imagen
clásica que nos acerca al pasado de
Biarritz, antes de convertirse por
capricho del emperador Napoleón III
a mediados del siglo XIX, en una de
las estaciones balnearias mas
reputadas del mundo entero.
Las mansiones que
bordean las playas son soberbias y entre
todas ellas sobresale el Palais,
antiguo palacio de Emperadores y actual
hotel de lujo donde los bolsillos bien
abultados descansan y toman baños
terapéuticos en los balnearios que
bordean la Grand Plage. No hace tanto
tiempo que aquí acudieron los nobles de
todas las casas reales europeas a tomar
los baños. No en vano los exiliados
rusos llegaron a construir una
espléndida iglesia ortodoxa para su
culto particular.
|
|
El paseo
continúa excavado en la roca y
atraviesa los bajos del hotel. Es el
desafío del hombre que camina
indiferente al ímpetu de las olas.
Pero, ¡ay! Cuado la mar se pone
brava y la marea sube, el paseo se
hace impracticable ante la fuerza de
las olas. Antes de que la marea
llegue a su punto más alto muchos
curiosos nos atrevemos a atravesar
los recovecos y salir felizmente por
el lado contrario sin estar
demasiado mojados por los rociones
de espuma. Desde luego es muy
divertido dejarse llevar por el niño
que llevamos dentro, siempre y
cuando no sea peligroso en exceso.
Al otro lado se pueden ver, a través
de los ventanales que no son opacos
de los centros de talasoterapia, las
confortables hamacas ocupadas por
hombres ataviados con albornoces
blancos que realmente no tienen
mucha pinta de estar estresados ni
de necesitar ninguna cura. Supongo
que lo del estrés ya les llegará el
Lunes, pero de qué semana?. En fin
es la envidia me corroe...
Finalmente llegamos
a los jardines del faro. Son pequeños y
coquetos, poblados de tamarises
resistentes a las envestidas del salitre
que azota continuamente la costa. Por
mérito propio destaca el soberbio faro
de San Martín, blanco y altísimo, ¡73
metros!, que entró en servicio en 1.834,
y que domina la escarpada costa hasta el
cabo Higuer, y la inmensa playa de Las
Landas donde la vista se pierde en el
horizonte. Varios caminitos salen del
faro, y te llevan hacia lugares tan
dispares como una gruta natural situada
a pocos metros de la rompiente, a
recónditos parquecillos escondidos entre
los arbolitos (perfectos para los
románticos...) o desembocan en
plataformas de roca que sobresalen del
acantilado donde las vistas del océano
son simplemente soberbias. Sentarse
en la roca y admirar el espectáculo de
la furia del temporal es realmente
extraordinario.
En nuestra costa cantábrica hay un
sin fin de villas marineras donde
admirar el mar en todo su esplendor,
pero es ese Biarritz cosmopolita
donde puedes pasear junto a Carolina
de Mónaco o Ralph Schumacher, y lo
más sorprendente es que ni siquiera
te das cuenta de ello ... Como debe
ser.
Saioa. Abril, 2008